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Aún antes de asombrarnos

 

Aún antes de asombrarnos al constatar que estas pinturas de Jorge Sarsale no son pinturas, en el sentido estrictamente técnico de la palabra, la primera impresión que causan ya es desconcertante. El espectador se enfrenta a lo que parece ser una variable de la tradición óptico-geométrica pero en su status terminal, casi sin ningún atractivo inmediato, tan ajena al fastuoso despliegue caleidoscópico como a las abstracciones más elegantes y, a la vez, sin que tampoco pueda eventualmente compensarse esa aridez con el ingreso a la legibilidad del cuadro según un mayor o menor grado de efecto decorativo o seducción visual.

 

En principio, nada de eso hay aquí. La economía visual de Sarsale es frugal; el artista parece hacer un punto del silencio radical de su sistema, y de su simplicidad casi refractaria, tanto como para que nos preguntemos, una vez más equívocamente, qué hay que ver aquí.

 

Lejos de la ilusión óptica, Sarsale es de aquellos que practican la des-ilusión al provocar estratégicamente la ruptura de quien mira con el acto reflejo, o la mitología, de la respuesta inmediata frente a la obra. Mediante la adhesión fanática a una consigna constructiva que lleva hasta sus últimas consecuencias con morosa, refinada aplicación, Sarsale elabora su obra como si al hacerlo estuviera moldeando a la vez un específico modo de ver en el espectador. La materia prima con la que trabaja Sarsale es el tiempo, propio y ajeno.

 

Quizás por eso, el cierto desencanto que la escasez y la austeridad parecen haber inducido en nosotros se transforma poco a poco en un efecto balsámico, productivo; sin que sepamos cómo, algo se abre y nos involucramos en la red sensorial que Sarsale ha urdido. De repente, descubrimos que algo en ella nos ha dotado de la paciencia suficiente como para impregnarnos de estos hipnóticos dameros, donde cada célula parece estar estrictamente donde debe estar, y que a la vez parece perfectamente intercambiable con cualquiera de las otras, que componen la epidermis visual de un tejido tan inteligente como de disimulada morbidez.

 

El menú que Sarsale nos ofrece incluye la expansión sostenida y la modulación de un determinado color en leves alteraciones de valor y paleta, ajustadas en intervalos muy cercanos, y ordenadas en una subdivisión del plano delicadamente inestable, planteada según una geometría donde el contrapunto de los grandes segmentos ( “cono de sombra 80 x 170, 2005”, por ejemplo ) convive con la infinita fragmentación de elementos regulares - longilíneos, cuadrangulares, o rectangulares - , cada uno con su vibración autónoma, cada uno como una microscópica miniatura abstracta. Estos a su vez conforman tramas lo suficientemente homogéneas como para que sus variaciones sean también apenas detectables, minúsculas en el detalle, aunque notorias en la atmósfera global de cada cuadro.

 

Las divisiones y subdivisiones pueden ser someramente más angostas o más anchas, tanto en lo que hace a los trazados horizontales como a los verticales que los cruzan; en su combinatoria se percibe, centímetro a centímetro, el eco del esfuerzo por lograr la mayor diversidad a partir de la más imperceptible diferencia. Gracias a la plena disposición de Sarsale para respetar a rajatabla la sencilla aunque exigente ecuación matemática de esa mecánica, todo el conjunto exhibe paradójicamente una notable soltura en el dinámico ordenamiento rítmico de las superficies.

Pero ,además, estos territorios exhaustivos no lo son sólo por el celo con que Sarsale examina las relaciones entre la bidimensionalidad, el espacio y la extrema parcelación del plano; dicha exhaustividad se hace aún más palpable apenas se revelan las características del trabajo manual que el artista ha puesto en marcha: un intensivo y delicadísimo cortado y pegado de tiras de papel liviano, cuya disposición, superposición y conjunción no sólo harán posible la completa estructuración del cuadro, sino la rica cualidad de ésta según la consonancia y disonancia de valores, texturas, y transparencias; de trazos marcados por los límites de los fragmentos de papel y no por ninguna línea trazada como tal.

 

En un efecto pictórico por su afinidad con los modos en que la pintura se manifiesta, pero que parece originarse en una suerte de postura colateral, como si el artista convirtiera la evidente delectación de su oficio en una reflexión sobre cómo también las operaciones constructivas no pictóricas iluminan y transforman el universo de problemas de la pintura.

 

Es muy notable cómo Sarsale, apelando a un cálculo inicial donde pone sumo cuidado en el establecimiento de los intervalos, combina cada uno de sus papeles con otro de manera de que se establezca, allí mismo, una primera e íntima dualidad contigua, y así la siguiente con la siguiente, y la siguiente con la siguiente, hasta orquestar con minuciosa fidelidad toda la superficie del lienzo.

En cada caso se nos propone una suerte de constelación cuadrangular que, luego de haber estallado en un big-bang de pareja difusión y dispersión, hubiera sido inmediatamente reordenada y cristalizada por un poderoso imán, el cual no es otra cosa que la consecuencia estructural última de aquélla consigna a cuyos pasos el artista se ha aferrado en un principio constitutivo casi devocional, de rigurosa lógica, ahora disimulado en la trama del cuadro, pero que está allí, como un magma gráfico congelado y viviente.

 

Sarsale ha debido tejer sus piezas con el tempo y el timing imprescindiblemente acompasado de un copista medieval, para ver de qué manera puede manifestarse finalmente la vorágine seriada de un movimiento que, como querían los impresionistas, esté en la superficie del lienzo y en el ojo. A la vez, frente a los embelecos de la visión, siempre en busca de un punto fijo, de un orden, de un tronco para flotar en medio de la corriente, los cielos cuadrimétricamente estrellados de Sarsale desvían toda posibilidad de encontrar en ellos otro signo, otro zodíaco, que no sea el tablero infinito, indecible, de su propia nebulosa centimetral.

 

Eduardo Stupía – Julio 2OO5

Even before we begin to wonder

 

Even before we begin to wonder at the realization that these paintings of Jorge Sarsale’s are not ‘paintings’ in the technical sense of the word, we are baffled by them. The spectator is confronted by what looks like a variation in the optical-geometrical tradition at a terminal phase, almost unattractive at first sight: without the dazzling kaleidoscope-like display or the elegance of abstraction, without the possibility of making up for that barren quality through the painting’s visual attraction or decorative effect.

 

There is none of that here in principle. Sarsale’s visual economy is almost frugal. The artist seems to be making a point of the radical silence of his system, of its almost refractory simplicity. We are thus, once again, led to wonder perhaps mistakenly: “What have we here to see?”

Rather than optical illusion Sarsale seems to practise optical dis-illusion as the viewer

 

is provoked to shed any mechanical response to the work, any ready-made mystifying assumptions. Through a fanatic adherence to a constructive principle which he takes to its very limits with relentless dedication, Sarsale shapes his work as though he were simultaneously creating the spectators’ own way of seeing in the process. Sarsale’s raw material is time: his own and the beholder’s. This is why, perhaps, the dis-illusion that sparseness and austerity have aroused in us gradually becomes soothing, productive. Not knowing how it happens something in us yields to Sarsale’s sensory web. All of a sudden we find ourselves caught in the hypnotic lure of its chequered surfaces where every cell is exactly where it belongs, while also easily interchangeable with the others: the composition of a visual tissue woven with intelligence and a certain concealed morbidity.

 

Sarsale offers us a spectrum that includes the sustained expansion and modulation of a given colour with slight alterations of value and palette at very close intervals, which are ordered in subdivisions of the subtly unstable surface. The geometry that underlies the ordering of the spectrum is one where the larger segments alternate with the infinite fragmentation of regular elements (as in “cono de sombra 80x 170, 2005): longitudinal, quadrangular, or rectangular, each with its own vibration, each one a microscopic abstract miniature. These in turn, are woven into patterns which are sufficiently homogeneous to make variations only faintly perceptible. Minute in detail, they gain in scope in the atmosphere of the painting as a whole.

 

Divisions and subdivisions may be slightly narrower or wider, both horizontally and vertically crisscrossing each other. The patterning reveals, inch by inch, the effort to achieve diversity through the smallest difference. Sarsale’s unfailing disposition to observe the self-imposed mechanics of the simple though demanding mathematical equation paradoxically achieves remarkable ease in the dynamic ordering of the surfaces.

 

These territories become thoroughly absorbing, not only through Sarsale's close examination of the connections between bi-dimensionality, and the extreme fragmentation of the surfaces: The thoroughness of the artist’s search is made even more poignant when the nature of the manual work involved is revealed to us: intense and delicate cutting and pasting lightweight paper strips. Altogether, their layering and overlapping make for the wholeness of the painting. The resulting structure has a unique quality according to the consonance and dissonance of values, texture, and transparency. The strips of paper themselves are markers of boundaries, no lines have been drawn.

 

Yet, the overall effect is pictorial in so far as there is a sustained resemblance to the ways in which painting manifests itself, although its source would appear to lie in a kind of oblique stand the artist takes before his work. Thus he seems to be able to transform his delight in his craft into a reflection on how his non-pictorial constructions throw light on and transform the problems that arise from the ultimate complexity of painting itself.

 

Sarsale’s combinatory art is remarkable in its achievement of contiguity: each initial, carefully planned decision to establish the intervals between each one of the strips of paper leads to a close contiguous duality that is replicated again, and again, and again, to fill out the whole canvas with extreme dedication.

 

In each case, we are offered a kind of quadrangular constellation, which, originating in a big-bang reaching out far and wide, has immediately been ordered and fixed by a powerful force. This is no other than the ultimate structural consequence of that close contiguous duality the artist has relentlessly adhered to, a principle he has applied with rigorous logic and followed through devotionally to the completion of the painting. The canvas now seems to conceal the warp and woof of the structure, but it is there as it has coalesced into graphic magma.

 

Sarsale has woven his pieces to the rhythms and timing of a medieval copyist to explore the overwhelming flow of movement revealing itself as the impressionist themselves wanted it to do, both on the surface of the canvas and in the beholders eye.

 

At the same time, Sarsale’s symmetrically starred skies divert the beholder from finding in them anything else than the untold infinite chequered chessboard of his own centimetre-scored nebula.

 

Eduardo Stupia

July 2005

A lo largo de los últimos años he seguido con mucha atención y admiración sostenida la obra singular de Jorge Sarsale quien, así como en sus modalidades productivas se manifiesta apegado a las técnicas y procedimientos llamados tradicionales, a la vez los resignifica y transfigura combinándolos eficazmente con modos de abordaje, conceptos, formatos y procedimientos técnicos claramente contemporáneos. Consecuentemente, se verifica en él un muy llamativo equilibrio entre el experimento perceptivo, la factura manual y la operación intelectual, sumándose tales factores a la expansión de una poética que lo destaca como un artista verdaderamente innovador.

 

En las piezas que Jorge Sarsale ejecuta con extrema laboriosidad y suma atención, y que podrían definirse como cuadros – objeto, el espectador se enfrenta a lo que parece ser una variable de la tradición óptico-geométrica pero en un status terminal, casi sin ningún atractivo inmediato, tan ajena a cualquier fastuoso despliegue caleidoscópico como a las abstracciones más elegantes y, a la vez, sin que tampoco pueda eventualmente compensarse esa aridez con el ingreso a la legibilidad del cuadro según un mayor o menor grado de efecto decorativo o seducción visual.

 

Lejos de la ilusión óptica, Sarsale es de aquellos que practican la des-ilusión al provocar estratégicamente la ruptura de quien mira con el acto reflejo de la respuesta inmediata frente a la obra. Mediante la adhesión fanática a una consigna constructiva llevada hasta sus últimas consecuencias, Sarsale parece internarse no sólo en la problemática físico-visual de sus piezas sino también en la materia prima del tiempo, propio y ajeno, como si con la minuciosa y demorada laboriosidad artesanal con la que elabora su obra también estuviera moldeando un específico modo de mirar en el espectador.

 

Sus piezas producen un efecto pictórico por su afinidad con los modos en que la pintura se manifiesta, aunque notablemente se originan en una suerte de postura colateral, como si el artista convirtiera la evidente delectación de su oficio, su impregnación intensa en el manejo de materiales extra-pictóricos, en una reflexión sobre cómo también las operaciones constructivas no pictóricas iluminan y transforman el universo de problemas de la pintura. Es por todo ello que considero que Jorge Sarsale detenta y exhibe en sus propuestas una singular y original estatura artística.

 

Eduardo Stupía, enero 2012

LILIANA FLEURQUIN ∙ ALBERTO MÉNDEZ ∙ ELENA NIEVES ∙ JORGE SARSALE

 

ABSTRACCIÓN   CONTAMINADA

Un ensayo grupal

 

“Al inicio de la operación alquímica se producía la negritud (nigredo), la muerte iniciática. Conseguir la transmutación a partir de formas gastadas por el tiempo no era posible. Primero había que disiparlas para lograr luego –mediante abluciones-  la blancura que sellaba el éxito de la primera parte del opus magnum”. 

Andrzej Szczeklik, Catarsis, Ed. Acantilado, Barcelona, 2010

 

 

Los artistas que integran esta coincidencia provisoria, lejos de constituirse como grupo de manifiesto, han aceptado encuadrarse al amparo del carácter impuro de la propuesta, entendiéndose “impuro” más como un programa que como una cualidad. ¿En qué residiría esta impureza? Podría pensarse que en esta instancia los cuatro enrarecen deliberadamente los componentes más o menos determinantes de sus poéticas y estilos, para embarcarse en una experiencia de transmutación que quiere encontrar en el negro y en el blanco excluyentes algo de las etapas de negritud y blancura que atravesaban los alquimistas en pos de la materia perfecta. Recrean y replican las “maneras de ser” de la abstracción, esa categoría muchas veces omnipresente incluso allí donde se la presume ausente, buscando en la heterogeneidad de los recursos, y afirmados en una especie de iconoclasta incomodidad frente a la inevitable influencia de la tradición geométrica, lo que quizás sea una nueva esencia, otra clase de iluminación –bifronte, entre el abandono hedonista y el recato puritano– en un campo de acción superpoblado. Inventan –hay quien preferiría decir “descubren”– y despliegan arbitrarios ingresos de otras resonancias, en las que se cuelan el paisajismo, la ornamentación y la gráfica, por citar sólo algunos ejemplos, y tensan elegantemente la cuerda del equilibrio, la distorsión, el contrapunto y la ruptura, con límites y consignas sumamente estrictos, y a la vez muy productivamente laxos. Su método de trabajo se ve rigurosamente marcado por un movimiento de constante desenfoque y de vuelta a enfocar de los elementos semánticos, para que el campo visual sea más bien un teatro de escamoteo y esquive antes que de revelación, no tanto una escena eficaz sino una suma de síntomas. Desde este peculiar punto de inflexión de sus propias trayectorias, y frente a la particular coyuntura actual de festiva hipervisualidad, ofrecen una obra renuente, endógena, que es más bien hipótesis de diversas formas de contagio, vademécum de códigos incógnitos en íntima contaminación, donde toda fijación o perfección última se halla puesta en duda, suspendida en una sanguínea hibridez de laboratorio, con cada pieza nutrida y criada de manera tal de que sólo pueda respirar con aire viciado.  

 

Eduardo Stupía

ESO, Proyecto La línea piensa, Centro  cultural Borges.

El hecho simple de ingresar al estudio, o al taller, de un artista, quizás implique una inmediata analogía con el modo en que ese artista ingresa a su disciplina. Apenas al entrar al lugar de trabajo de Jorge Sarsale se tiene la impresión de estar en un taller de pasamanería. A partir de la refinada minuciosidad manual propia de los olvidados artes del encaje y la puntilla, del bordado y el troquelado ornamental, con el cuidadoso entretejido y entrecruzamiento de un masivo cotillón minimal de papel, Jorge Sarsale aborda experimentalmente el campo bidimensional con agudizada sensibilidad y una decisión poético-constructiva llevada al extremo de lo ópticamente visible y de lo físicamente concebible, entre la combinatoria rítmica del detalle y las prodigiosas invenciones texturales con que dinamiza la superficie. El artista practica una intensiva y delicadísima operatoria de corte, plegado y pegado de ese material tan dúctil y liviano como esquivo y descartable, cuya disposición, superposición y conjunción harán posible la compleja estructuración del plano según la consonancia y disonancia de tramas marcadas por los límites de los fragmentos y no por ninguna línea trazada como tal.

 

Tanto en formatos más habituales, como cuando invade el muro con su peculiar sistema lineal en papel, Sarsale impregna la visión con la irresistible, trémula corporeidad de esos segmentos tan armónicos como aparentemente insignificantes, unidos, entrelazados,  imbricados, a medias entre el garabato, el residuo recuperado, el objeto de papel, y la gratuidad ensayística del puro dibujo.

 

El menú que Sarsale nos ofrece incluye la expansión sostenida y la modulación de la línea y el color en leves alteraciones de grosor, dimensión, valor y paleta, ajustadas en intervalos muy cortos. El contrapunto de los grandes segmentos convive con una microfísica de elementos regulares e irregulares,  cada uno con su vibración autónoma, cada uno como una microscópica miniatura abstracta. Estos, a su vez, conforman retículas lo suficientemente homogéneas como para que sus variaciones sean también apenas detectables, minúsculas, aunque notorias en la atmósfera global de cada cuadro; se percibe, centímetro a centímetro, el emocionante esfuerzo por lograr la mayor diversidad a partir de la más imperceptible diferencia.

 

Eduardo Stupía, Noviembre 2010.

ESO, Proyecto La línea piensa, Centro cultural Borges.

The actual way into an artist’s studio, or workshop may evoke, with analogical immediacy the way that artist comes into his discipline. Hardly any time goes by on entering Jorge Sarsale’s studio when you feel as if you had walked into a needle- work and braiding workshop: The delicate manual work of the long forgotten arts of lace and frill making, of embroidery and ornamental braiding and punching with the careful interweaving and criss-crossing of massive quantities of minimal paper strips. Jorge Sarsale explores bi-dimensional space with heightened sensitivity and poetical constructive decision taken to the extreme of the optically visible and physically conceivable. The artist thus creates a dynamic surface through rhythmical patterning of detail and kaleidoscopic textural invention, through intense, delicate cutting, folding and sticking of the material- as soft and light as it is elusive and disposable -The laying out and overlaying coalesce on the surface according to the consonance and dissonance of the pattern marked off by the limits of the fragments and not that of any one given line.

 

In the more familiar formats, as well as when he raids the wall with his own  linear paper system, Sarsale fills our vision with  the irresistible, tremulous, substance of those segments as harmonious as apparently insignificant, held together, braided and overlapping in the doodle, the recycled waste, the paper object, and the idle exercise of sheer drawing.

 

Sarsale’s menu offers us the sustained expansion and modulation of line and colour in minor alterations of thickness, dimension, value and palette, at very short intervals,  the counterpoint of the bigger segments side by side with the microphysics of regular and irregular elements, each one with its own vibration, each one a microscopic abstract miniature. These in turn pattern into sufficiently homogeneous reticular structures in such a way that their variations are hardly noticeable, minute, though they emerge as a whole from the atmosphere of the bigger picture: We thus perceive, inch by inch, the intensity of the artists’ imagination seeking to achieve the greatest variety from the least perceptible difference.

 

Eduardo Stupía, November 2010

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