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El Matadero

 

Juan José Saer describe con frecuencia la ferocidad de la vida en las pampas desde el descubrimiento del Río de la Plata, que terminó con un banquete caníbal, hasta las guerras contra los indios que duraron medio siglo. “La operación de degüello, ya se tratase de un hombre o de un animal, se realizaba con un solo movimiento que duraba unos segundos: un desplazamiento certero del brazo, y la cabeza rodaba, separada del cuerpo sacudido todavía por los últimos reflejos previos a la rigidez mortal, entre los pastos de la pampa.”[1] Esta filiación entre sangre y llanura aparece como una tendencia innegable a lo largo de la historia y es el corazón de un persistente imaginario simbólico y literario que asocia el vértigo horizontal con un desorden de pellejos, carne, pieles y cuchillos.

 

El tríptico de la serie Laguna, que domina la muestra de Jorge Sarsale en el Museo de Bellas Artes Franklin Rawson, organiza la mirada en una sala que juega, en el montaje, con una simetría que asoma pero que no se instala definitivamente. Los tres monocromos esparcen la línea que traza el pulso de las otras pinturas, transformándose en superficies de color tensadas, cueros estirados que retumban con un tono preciso y profundo. En la pared opuesta, se enfrenta un díptico de la serie Mar de Fondo que sostiene el ritmo repetido y serial de la planicie, con hileras de líneas que se desfasan mientras avanzan circularmente. A ambos lados de la sala se ubican los trabajos sobre pared, el papel pegado al muro, empujando el movimiento horizontalmente en arpegios y renglones, pastizales y tejidos. Cierran las esquinas un conjunto de cuadros pequeños dispuestos como planos perpendiculares que contienen al espectador que puede, al fin, detener en ese ángulo su mirada y su camino.

El diagrama en el espacio marca las relaciones de sentido que propone Sarsale entre sus series de pinturas: Al pendular entre un conjunto y el otro, circular por las líneas laterales y pausar el movimiento en las esquinas, el espectador puede ligar su experiencia física con la materialidad que propone cada pintura y el universo poético al que refiere.

 

La uniformidad de ese enorme agujero que es evocado insistentemente, ahí donde el movimiento se detiene, magnetiza la mirada y la retiene. La llanura enloquece, confunde; su infinito horizonte de vacío predispone un estado de ánimo y un carácter. La violencia contenida en la llanura de lo idéntico, en el orden obsesivo de la serie, nos retrae hasta un rincón profundo de nuestra mente en un intento por reunir las partes de nuestro cuerpo desmembrado.

 

Leila Tschopp, Abril 2015.

 

[1] SAER, Juan José. El río sin orillas, Ed. Seix Barral, Buenos Aires, 2010

The Slaughterhouse

 

Juan José Saer frequently describes the ferocity of life in the pampas, from the Spanish discovery of the Río de la Plata, which ended in a cannibal feast, to the wars against the Indians that lasted over half a century. “The act of beheading, applied to either man or animal, was performed in a single movement and lasted but a few seconds: an accurate sweep of the arm, and the head would roll off, leaving the body to writhe as its last throes gave way to mortal rigidity in the grass of the pampas.”[1] This affiliation of blood and grassland arises as an undeniable tendency throughout the region’s history and is at the heart of persistent symbolic and literary imagery which associates the vertigo of the endless meadows with the mingling of skin, flesh, hides, and knives.

The triptych of the Laguna series, which stands out in Jorge Sarsale’s exhibition at the Franklin Rawson Bellas Artes Museum, works as a frame in an exhibition room whose set up plays with symmetry, suggested but never fully realized. The three monochromes spread the line that sets the pulse for the other works and become surfaces tensed with color, stretched hides that resound with a precise and profound tone. On the opposite wall, a diptych of the Mar de Fondo series sustaining the reiterative and serial rhythm of the plains faces rows of lines that misadjust as they advance in circles. On the side walls, the works are constructed with paper glued directly on the wall, urging movement horizontally in arpeggios and lines, and pastures and weaves. The corners hold a group of small works displayed as perpendicular planes which capture the visitors who can, finally, rest their eyes and their wandering in those angles. The way space is divided indicates the relationships of sense that Sarsale propounds for his paintings: by ambling from one group of works to the other, by perambulating through the lateral lines and pausing at the corners, the visitors can relate their physical experience to the materiality expressed by each painting and the poetic universe to which it belongs.

The uniformity of the black hole insistently evoked, where all movement ends, magnetizes the eye and holds it prisoner. The plain drives us mad, it confuses us; the infinite horizon of emptiness implies a state of mind and a temperament. The violence contained in the plains of the identical, in the obsessive order of the series, takes us back to a remote place in our mind, as we try to put together the different parts of our dismembered body.

 

Leila Tschopp, April 2015.

 

[1] SAER, Juan José. El río sin orillas, Ed. Seix Barral, Buenos Aires, 2010.

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